
Una cita interesante para empezar:
La mejor manera de predecir el futuro, es crearlo.
1. Ópera
Durante mis estudios de Diseño Digital, desarrollé una animación que captura la esencia de la ópera vista desde una perspectiva fresca y renovada en cada función. Esta obra nace de la satisfacción que provoca acercarse a este mundo artístico con ojos nuevos, permitiendo redescubrir cada detalle y emoción.
Para mí, esta experiencia se asemeja a la sensación mágica de despertar cada día con ojos de niño, llenos de curiosidad y asombro. Así, la animación busca reflejar esa capacidad de maravillarse y conectar profundamente con el arte en su forma más pura.
2. Jugando con la simetría
Esta fotografía, tomada en la oscuridad, captura un monumento emblemático ubicado al sur de la Ciudad de México, utilizando la reflexión en un espejo de agua para crear una composición simétrica y armoniosa.
La luz tenue y acentuada de las luminarias presentes realza los contornos y detalles del monumento, mientras que el juego visual generado por el reflejo amplifica su presencia, integrando arquitectura y entorno.
La simetría obtenida aporta una sensación de equilibrio y calma, invitando al espectador a contemplar la imagen desde una nueva perspectiva, donde la realidad y su reflejo se funden en una sola escena iluminada con delicadeza.



3. Límites cercanos, cielos infinitos
Desde el centro de Mitikah, miro hacia arriba. Un domo ovalado me separa del cielo, tan próximo como inalcanzable.
El cristal, marcado por siluetas etéreas —hojas, plumas o peces— flota entre el resguardo cálido del interior y la vastedad fría del exterior.
Afuera, la Torre Mítica se alza como una promesa de altura, de libertad. Adentro, el límite está trazado con barrotes sutiles, casi invisibles.
Es un instante suspendido donde los límites se sienten suaves… pero firmes.
La libertad está ahí, a unos metros, pero al mismo tiempo… a un cielo de distancia.

4. Transición en proceso
Esta guitarra —asimétrica y suspendida en un fondo azul-violeta que se oscurece hacia el abismo— evoca una memoria fragmentada y silenciosa.
Inspirada en la “Época Azul” de Picasso, la imagen se tiñe de una melancolía que no es simple tristeza, sino una resonancia profunda: como la pérdida de alguien que aún vibra entre cuerdas invisibles.
La forma del instrumento no es convencional: un lado conserva la curva clásica, serena, con la familiaridad de una melodía antigua; el otro, más anguloso —casi como una guitarra eléctrica— irrumpe con otra energía.
En su contraste no hay conflicto, sino resonancia: como si dos frecuencias distintas compartieran una misma caja de resonancia. Una vibra hacia afuera, como eco de una voz que ya no está. La otra brota desde el centro, extendiéndose como una onda nueva que aún no sabe en qué nota asentarse: potente, ambigua, inesperada.
Ambas habitan el mismo cuerpo, suspendidas en un equilibrio imperfecto, pero necesario. Desde el centro hueco emerge un trazo oscuro, una especie de vena viva que se expande —como si algo nuevo y ajeno hubiera echado raíces sin avisar.
La guitarra está sola, al centro, sostenida por la luz… y por el peso de lo que calla. En ella suena una canción de ausencia. Y desde lo profundo, silenciosa, la llegada de una presencia inesperada.
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